Si te cruzas con algún fantasma aquí adentro, simplemente ignóralo; pero si se pone fastidioso, recítale algún verso en voz alta, que con eso será suficiente... (Si te toman por loco, no es culpa mía.)

sábado, 6 de abril de 2013

Un microrrelato para salvar al mundo




   Aquella noche el poeta, bajo la amarilla luz de una lámpara, concibió un poema imposible. En sus versos confiscó la pureza de los ángeles, el sonido del viento; otorgó lucidez al nepente, anestesió la omnisciencia de ciertos dioses. En las noches subsiguientes, al recitar la segunda estrofa, enmudeció al trueno e inmovilizó toda llama nacida del fuego. Tardíamente horrorizado, cuando ya casi todo era parte de un vacío insondable, pasados siete días, quiso destruir el poema. Su resolución no fue feliz. Entendió que, aniquilados los elementos del orbe, era imposible quemarlo o ahogarlo. Más difícil todavía sería olvidarlo. Comprendió con horror que, sin los favores del olvido, los inextricables pasos de su manifiesta entropía acabarían por devorar al mundo. ¿Cómo confundirlo en su memoria? Fue entonces que sospechó que el único camino válido era transformarlo en otra cosa, en otra clase de recuerdo; conjurar los temibles versos bajo las formas de otra literatura. Extraviarlo en las insondables páginas de una novela hubiese sido inútil: imposible recitar por completo las nuevas formas que aniquilaran a las profanas rimas. Por fin, para intentar perderlo, para intentar olvidarlo, para esconder su monstruoso secreto, se decanto por confundirlo en las escuetas pero certeras líneas de un microrrelato. Durante mil y una noches deconstruyó el poema, tendiendo puentes invisibles hacia las nuevas formas.

                                                                       ***

Sabemos, al día de hoy,  que el anónimo autor del poema ha logrado derrumbarlo en su memoria y ocultarlo a nuestros ojos; también que su oportuno arrepentimiento  ha deshilvanado los hilos de la destrucción. Valga de prueba el que algunos de quienes compartimos esta lectura lo hacemos escuchando el crepitar del fuego bajo una estática chimenea o escuchando alguna tierna melodía surcada de risas o de cuerdas o del  silencioso aullido del viento… Lo que no podemos saber es en que momento de su extenso camino, la humanidad, como cegada viajera lanzada hacia los rincones de su anhelada eternidad —quizá bajo la premonitoria forma de un retorno nietzscheano— habrá de repetirse, de replicar esos lejanos versos, de reescribir aquel sombrío microrrelato… Certero guardia de la memoria de aquel poeta, nada nos asegura que esta forma de ocultamiento sirva de igual modo a la nuestra; replicado en el presente, ese conjuro, acaso quede invalidado para nosotros… Es por ello que, a ti, estimado escribidor de escuetas y maravillosas ficciones, te imploro: si al ejecutar tus certeras líneas observas que la tierra se abre a tus pies o el fuego que te alumbra queda sordo e inmóvil, antes de que sea demasiado tarde, hazte el favor de destruirlo. O, en todo caso, piérdelo tras las formas de otra literatura; quizá, tras las rimas de un poema.


                           
                                                                César Augusto Pacheco