Si te cruzas con algún fantasma aquí adentro, simplemente ignóralo; pero si se pone fastidioso, recítale algún verso en voz alta, que con eso será suficiente... (Si te toman por loco, no es culpa mía.)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Monogamia



I

Todas las noches, desde mi primera noche de encierro en aquel sombrío calabozo, Lilith me alcanzaba la comida. Tal era el nombre que creí escuchar de sus labios carmesíes, cuando al fin, en una de sus consabidas visitas nocturnas, me animé a preguntarle quién era ella. Lilith, me había dicho en tono muy bajo, para luego darse media vuelta y retirarse sin hacer el más mínimo ruido.

Así, los días de mi confinamiento, como víctimas aletargadas de un reloj herrumbrado o artrítico pasaban con funesta lentitud. A la vez, como era de esperar, mis esperanzas de libertad iban diluyéndose en un aciago oprobio. Lilith pasó a ser, de ese modo, mi único, y diría, extraño contacto con el mundo.

Irreductible el pánico al encierro. Irreductible la humedad y el silencio que rodeaba los barrotes y las paredes de mi forzosa estancia. Irreductible el llanto de un hombre que sabe de antemano que no habrá de recibir socorro alguno.


II

Esa noche, Lilith había dejado el magro plato de comida no sin antes mirarme fijamente; tan profunda e inquietante había sido esa mirada… Sin temor a equivocarme, escuché el sonido de su voz a través de sus párpados azulados. Incluso, el sonido de sus palabras parecía provenir desde más allá de sus párpados y de sus férreas pupilas. Como si desde una profundísima distancia alojada en alguna zona de su alma Lilith me hubiese hablado sin siquiera mover sus labios para instruirme u ordenarme una hazaña imposible.


III

Sueños extraños, pesadillas innombrables, acaso producto de mi encierro brutal, se habían sucedido noche tras noche sin darle tregua a mi mente febril. Los dolores indecibles, los jadeos, el ardor en mi pecho… Entonces, comprendí –o creí comprender- que aquel suceso extravagante, la escucha de la voz de Lilith a través de su mirada extática, esa orden intraducible, esa especie de pedido de socorro proveniente desde la bóveda de su corazón –porque con posterioridad tuve la descabellada idea que de eso se trataba su comunicación-, también había sido un sueño de pesadilla.


IV

Debajo del plato de comida encontré la llave de mi celda. Al abrir la puerta, demasiado jadeante y tembloroso, entendí que Lilith estaba esperándome.

Ella, acto seguido, tomándome de la mano me condujo a otra estancia; una especie de habitación semicircular, más oscura y más húmeda -y quizá más terrible- de lo que había sido el lugar de mi encierro. Caminando con decisión se dirigió hacia un rincón de la habitación. Luego, abrió un oscuro cofre, de apariencia oblonga, que se hallaba sobre una especie de taburete. De su interior extrajo una daga. La puso en mis manos:

-Te ayudé a escapar –me dijo-. Ahora es tu turno de ayudarme.

Tomé la daga con furia y con espanto… Demencialmente, lo entendí todo.

Cumplí con mi deuda.


V

Arremetí, vehemente, contra el pecho de mi víctima. Le atravesé el corazón.

Recuerdo que la tapa de aquella inmensa caja había caído con estrépito contra el suelo de piedra.


VI

Me casé con Lilith. Somos felices en nuestra morada. Sin embargo, ella dice que es imposible mantenerse fiel durante tanto tiempo, que deberé dejarla –si es que puedo, aclara- antes de que la rutina la lleve a hacer algo que no querría hacer conmigo.

Cuando me dice estas cosas sonrío y me toco el pecho. Quizá para recordar el ardor primigenio, aquel escozor sutil pero excitante, terrible pero libidinoso, cuando los dientes filosos de Lilith me transformaron en lo que soy.

(Maté a su exesposo con una daga. Quién sabe qué instrumento le entregará a su futuro amante para darme muerte cuando llegue el momento. Porque me tiene hechizado y lo sabe… ¿Tendré escapatoria?)

Es verdad. Quizá el camino de la eternidad sea un trecho demasiado extenso para mantenerse fiel. Y dado que las leyes de nuestra secta versan acerca de la imposibilidad de la poligamia…

No me quedará otro camino que escapar a tiempo…  Pero Lilith es tan hermosa…   

Por lo pronto, sellaré los calabozos del sótano esta misma noche.


FIN



jueves, 12 de noviembre de 2015

El desquiciado amor de un pez-pájaro


Porque cuando amas a una mujer toda tu vida se desborda de sueños; se mitigan tus padeceres, se diluyen tus sombras y tus lágrimas. Porque cuando la ves sonreír, los cauces de tus ríos interiores estallan, y peces multicolores nadan, y aletean, o vuelan como pájaros escamados, peces-pájaro, peces voladores, pájaros marinos surcando las olas de una esperanza inconmensurable –y acaso irracional, como todo amor- que habita en el cielo acuoso de tu sangre.
 Nadas, entonces, dentro de ti mismo y hacia ti mismo, nadas hacia el fondo de tu alma, como un pez, o como un pájaro insomne de impermeables alas, repechando latidos estentóreos -pero no fútiles-, y navegas, y buceas… vas en su búsqueda. Ella está allí, en el centro de tu alma. Entonces, la abrazas, y al abrazarla te salvas. Ya no te sientes solo (acaso ya nunca estés solo).
 Un amor desbordado de anémonas  violáceas te rodea, te contiene, te arrulla en sus fauces. Y la amas, tanto la amas… Sabes que aunque alguna vez ella decida recorrer otros caminos, su imagen, su perfil, su piel, su mirada, su respiración habitará en ti de un modo tan real como tu propia sangre; te acompañará por siempre. Capturada en tus sueños, será tu musa, tu princesa; será el verbo exacto de tus versos. A su vez, esa imagen tan tuya, fundida a la mismidad de tu amada, se conectará con su alma, y así, su corazón sentirá, con cada amanecer, con cada estrella, con cada aroma, la fuerza demoledora de tu amor... Tampoco ella volverá a estar sola, nunca jamás.  
Disfruta, y por qué no, padécete sin miedo de este amor. Gózalo en tu recóndita intimidad -arreciada de luz y de risas-. Gózalo, además, con tus lágrimas, gózalo en sus ausencias irreales. Sé feliz, sé brutal en cuanto a tus miedos; no les permitas vencer.
Acércate a un precipicio temerario y arrójate, despéñate, húndete, bucea…
Transfórmate en pez-pájaro, vuela… Ve hacia ella… Que ella te sienta llegar; recuéstate en su pecho, anídala. Bríndale toda tu gratitud, agasájala. Ámala sin más, ámala sin pedirle garantías ni retribuciones.
Dile que la amas, díselo con tu sangre, con tu mirada, con tus besos. Sé uno con ella. Luego, dale libertad. Que ella, sin duda, aunque los vientos tormentosos de las circunstancias la alejen, tarde o temprano, habrá de regresar a ti.