Si te cruzas con algún fantasma aquí adentro, simplemente ignóralo; pero si se pone fastidioso, recítale algún verso en voz alta, que con eso será suficiente... (Si te toman por loco, no es culpa mía.)

domingo, 8 de septiembre de 2013

Los pétalos amarillos de una acacia





Y ahora que lo pienso, no es que me haya dado cuenta así como así, como si tal cosa, porque ciertas cuestiones no suelen ser tan fáciles de detectar, y menos aún, cosas tan estrambóticas como las que querría contarte.

Pero si yo me animase a contarte y vos me preguntases cuándo comenzó todo te diría que fue durante una rosada tarde crepuscular de mayo,  quizá durante el lento discurrir de la caída de las últimas y solitarias hojas de otoño, esa mágica época del año en la que algunos árboles encorvan sus anchas espaldas mientras sus ramas más altas parecen aquietarse como brazos cansados. Si vos me preguntases, te diría que el primer síntoma fue una extraña sensación en la panza o una incipiente ubicuidad de temblores adheridos a toda empresa que a partir de ese momento decidí llevar adelante. Te diría, además, que ahora sé exactamente qué fue lo que desencadenó tales síntomas… 

Entonces te contaría que durante una tardecita de mayo, iba yo caminando por la calle, cuando repentinamente, en medio de una vociferación o una risa excesiva, alcance a ver, con sorpresa, a un pequeño pajarito fluorescente que me impactaba en el rostro como una bofetada azul; te contaría que quedé algo confuso y que atiné a mirar a los lados, luego hacia arriba y abajo, buscando al pequeño animalito, pero que lo perdí de vista.  Seguramente vos te reirías… Entonces yo continuaría diciéndote que, días después, acaeció lo del dolor de panza y que comencé a sentirme raro, como intranquilo, muy ciclotímico, ora alegre, ora triste; ora muy alegre, ora muy triste. Te confesaría que todo esto era algo extraño a mí, —o quizá, algo que ya no recordaba o no sentía desde hace tiempo y que entendí que todo cuanto me sucedía era culpa de aquel pajarito azul.

Por supuesto, vos te seguirías riendo y preguntando qué papel juega el indefenso animalito en mis cambiantes estados de ánimo. Yo, con cara de póquer, aseveraría que aquella tierna avecilla, durante esa inesperada tarde de mayo, golpeó mi rostro con sus alas con el único y certero propósito de distraerme, con el decidido propósito de obnubilarme transitoriamente, para así poder ingresar dentro de mí y forjarse un hogar. 

Acto seguido, yo disertaría con incipiente locuacidad sobre el problema —no menor— de que este tierno animalillo, además de tierno, es algo subversivo; que aparentemente no es ni un ave domesticable, ni mucho menos razonable; que al principio sólo me provocaba algún que otro síntoma incómodo, esas insolencias del ánimo o algún que otro latido desfasado y que ahora, en cambio, compruebo no sin preocupación que, además, he comenzado a actuar según sus designios. (Como la otra tarde, cuando a través de algunos suspiros incontrolables y terribles, comencé a exhalar pétalos amarillos…)

Porque me gustaría contarte que me asusté: el pajarito estaba haciendo de las suyas. Hasta ese momento el fluorescente plumífero azul  jamás había logrado alborotar de semejante manera, a aleteo puro, mis desquiciadas vísceras. Y cuando hablo de vísceras querría decir estómago, pulmones, corazón… Sin duda me generó un revoltijo tremendo. La verdad es que intenté por todos los medios a mi alcance que nadie se diera cuenta de lo que me estaba pasando; tuve terror de que los síntomas —junto a los pétalos exhalados— me dejaran al descubierto. (Por suerte, creo que nadie se dio cuenta...)

Me gustaría contarte también, que luego de lo ocurrido, decidí dialogar con el pajarito azul que anida en mi panza y que le pregunté por qué me había elegido para anidar habiendo tantas y tantas personas alrededor del mundo. Me gustaría contarte que su respuesta fue que por nada en especial, que simplemente sucedió así y que bien podría haber anidado en cualquiera. Vos comprenderías, seguramente, que lo insólito de la situación me ha provocado un síntoma aún más tremendo: estoy perdiendo el hilo de mis pensamientos. Es que los días van pasando y yo, cada vez más, escucho cantar y cantar al pajarito que anida en mi panza y no puedo concentrarme en otra cosa. Creo que, más allá de su apariencia, está siendo bastante insidioso conmigo…

                                                              ***

Los días pasan y me doy cuenta de que ya no puedo escribir como la hacía antes. El pajarito azul ha picoteado, una a una, todas mis viejas metáforas. Únicamente puedo escribir lo que él me dicta.

                                                              ***

La oscuridad, mágicamente, ha desaparecido de mis letras. Todo es esperanza, luz y belleza. Mis metáforas ya no son tan trabajadas, pero el sol brilla y el pajarillo azul tiende puentes de colores mientras canta y canta incansable a la altura de mi pecho. Sé que acaso mañana se silencie un poco o que yo recaiga en mis pasajeros estados de tristeza —que son el otro síntoma de sus revoltijos—, pero no me importa: lo importante —al fin lo he comprendido— es que él está conmigo.

                                                               ***

Hoy el pajarito azul me ha confesado que existe una posibilidad, si es mi deseo,  de forzarlo a partir: debo buscar un lugar oscuro y solitario, encerrarme durante un tiempo prolongado, no hablarte, no escucharte, no verte, no pensarte y definitivamente, dejar de escribir poemas. Eso provocaría que las flores amarillas de las que él se alimenta se marchiten y entonces, deba verse forzado a partir hacia otros horizontes —o lo que es peor todavía, se muera por falta de alimento. No sé por qué me lo ha hecho saber ahora. Obviamente le he dicho que no y le he confesado que, pese a sus desmanes y a las constantes incomodidades que a diario me provoca, su presencia y su canto y su revoloteo me hacen sentir maravillosamente vivo.

                                                               ***

Acaso algún día me anime a exhalar, delante de vos, sin avergonzarme, un enjambre de pétalos amarillos… Acaso algún día decida darte a conocer  el canto del pajarillo azul que me habita.


                                                                                        César Augusto Pacheco