Si te cruzas con algún fantasma aquí adentro, simplemente ignóralo; pero si se pone fastidioso, recítale algún verso en voz alta, que con eso será suficiente... (Si te toman por loco, no es culpa mía.)

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Lágrimas de rosa



Yo no pensaba, hasta ese momento, que las rosas pudiesen llorar. Ella, sin embargo, estaba allí, arrinconada, de algún modo atrincherada contra una ochava de pared, escondida de mi vista, escondida, por qué no,  de la mirada de todos y de todo;  oculta en un rincón de mi patio, en un rincón del mundo y del universo… Sencillamente, puedo jurarlo  -créanme lo que les digo-, esa pequeña y bella rosa estaba llorando sin parar.

 Porque mi primera impresión al acercarme fue que se trataba de rocío; pero luego, casi inmediatamente, comprendí que eso era imposible porque el calor arreciaba y, sin duda, según la ley física que habla acerca de la evaporación de los líquidos, por lo menos hasta donde sabemos  -hasta donde la ciencia lo ha dictaminado, según sus endiosados paradigmas-,  determina, con certeza, que los pétalos que circundan el cáliz -el traje rojizo y suave que se mantiene en equilibrio perfecto sobre el tallo, esa sublime y delicada creación de la naturaleza-, a esas horas del mediodía, deben estar completamente secos.
  
Pero no. No  estaban secos los pétalos; y no solo eso: más allá de los demostrables y pequeños vestigios de humedad, esos mismos que divisé incrédulo al principio, además -deben creerme, se los aseguro-, iban surgiendo, formándose, expandiéndose desde el cáliz, brotando desde su centro, innumerables, infinitas gotas de agua. No sé el porqué, pero, llevado por un impulso inexplicable estiré mi mano, expandiendo mis músculos muy lentamente, casi con el sigilo de un jaguar o de un tigre, como si de cierta manera tuviese miedo de despertar, incluso diría de espantar, a la pequeña rosa. Como si estuviera de cacería. Porque podría jurar que incluso la sentí exhalar un quejido. Sí, un llanto con lágrimas y con un sonido acongojado. Decía, entonces, que estiré mi mano y con la punta de mi dedo índice, con mi uña encorvada, rocé una de las cristalinas gotas; dubitativo me la llevé a la boca. La sal se hundió en los recovecos de mi lengua, de mi paladar, de mis dientes y de mi alma entera.

Ella estaba absolutamente viva, pero no como un vegetal, no como un estático hálito en la estética de los dioses, no como una maravillosa arquitectura que solo sirve a los efectos de endulzar los ojos de quien se anime a observarla con admiración. Sentí, con certeza, que en ella habitaba el espíritu de una bella mujer. 

Ella se me apareció (¿en sueños…?¿esa misma noche?) casi desnuda, únicamente cubierta de pétalos,  enroscadas sus extremidades en tallos helicoidales y en fervorosas hojas plagadas de nervaduras. Con lentitud sacrificial pero decidida, caminando casi con el sigilo de una pantera, se me acercó para besarme los párpados, las mejillas, los labios,  agradeciéndome quizá, con esa actitud, el buen trato que mis manos le dieran al rozarla, ese mismo día, en mi jardín, cuando aún ella me ocultaba sus féminas curvas acaso con una alevosía premeditada. 

Hable de sigilos, de panteras, de jaguares o de tigres; no sé si lo habrán notado…

¿Dónde me encuentro? ¿Dónde me encuentro? 

La cuestión es que en el sueño las imágenes se derrumbaron dando paso a otro paisaje. Ella, en ese sueño dentro del sueño, ya no era ni una flor ni una mujer; yo de ningún modo era un hombre. Éramos fieras atroces y apasionadas surcando a gran velocidad por ciertas sabanas, por ciertas junglas, por inmensos desiertos; dos inmensos felinos jugando a amarnos. Dos animales salvajes sin límites, sin pudores ni piedad.

Ya no recuerdo si en algún momento desperté; tampoco me interesa recordarlo. Es extraño porque a veces ella es mujer y yo hombre, pero otras veces –muchas-, yo soy un pájaro y ella una flor parecida a una rosa, aunque algo diferente. Otras veces, innumerables, volvemos a ser pantera o jaguar o tigre…  ¿Es que acaso importa eso? Tan sólo importa que hemos nacidos para amarnos. Tan sólo importa que la infinitud de nuestro amor –de nuestros sueños- todo lo hace posible.

Estaba ella, decía, extática y llorando, arrinconada en un rincón de mi jardín, mientras yo decidía llevarme sus salobres lágrimas a mi boca… Fue como un éxtasis o un veneno; nirvana e infierno, algo atroz y mágico; un comienzo o, tal vez, algo definitivo…

Mi realidad se derrumbó; mi yo pasó a ser tan solo un espejismo: Espejo salino y circular e innumerable y multiforme y eterno en el que me vi reflejado, tal como me recordaba a mí mismo por última vez, en un rincón olvidado de mi jardín. (Porque creo haber dicho que ya no recordaba si me desmayé o me dormí…)

 ¿Realidad o sueño?

¿Y sus pétalos? ¿Qué ha sido de sus pétalos?

Porque extasiado observé cómo sus pétalos iban desprendiéndose lentamente…

Porque extasiado observé como su pelaje iba desprendiéndose lentamente… La pantera se hizo mujer, una mujer de piel suave como pétalos.  Rojizos y brillosos  pétalos: impudente piel infamando la propia belleza de la noche que nos contiene… Cabellos oscurecidos de mujer, tiernas hojas, nervaduras, manchas de jaguar… caderas febriles. Noches, rugidos...

Que mi próximo sueño, que su próxima transmutación me sorprenda… Si los dioses del sueño y del amor y de lo infinito me lo permiten, yo también habré de sorprenderla.

Un hombre encuentra una rosa oculta en su jardín; él no pensaba -créanme lo que les digo- que las rosas pudiesen llorar. 



                                                                                            César Augusto Pacheco