Si te cruzas con algún fantasma aquí adentro, simplemente ignóralo; pero si se pone fastidioso, recítale algún verso en voz alta, que con eso será suficiente... (Si te toman por loco, no es culpa mía.)

jueves, 10 de enero de 2013

Un oscuro sueño


 Muchas veces me he preguntado acerca de qué clase de silencios, o qué especie de mudas o violentas  incomprensiones  llevan, en muchos casos (siempre con la complicidad de las agujas del tiempo que fatigan los años), a trasmutar el amor de pareja en indiferencia u odio. Cómo la dicha del corazón que alguna vez fue luz, puede transformarse en dolor u obscuridad. Extraña contestación –paradójica, digamos- a este interrogante, es la que mi alma me ha dictado en las líneas que siguen, y que quiero compartir con vosotros:  


Es un oscuro sueño, que se repite una y otra vez, noche tras noche, el que vitupera fantasmas fósiles encadenados a mi alma, y que exige, de algún modo, una resolución feliz -o por lo menos definitiva- de esos temas que no siempre tienen sentido o que no siempre pueden resolverse, ya sea por torpeza o egoísmo (o quién sabe por qué). La cuestión es que nuevamente estoy soñando. La cuestión es que al entrar en las profundidades del sueño, son las aguas oscuras de un lago -que está recostado delante de mí-, las que te contienen en sus fauces, amada. Sé que sumergida muy profundamente me estás esperando. En el sueño tus esperanzas son firmes, y grande es mi anhelo de recuperarte. Árboles frondosos rodean el lago. Siento que sus ramas están formadas por culpas pasadas, y siento que sus hojas hablan. Percibo que sus hojas dicen tu nombre y que enmudecen cuando debieran decir el mío: no quieren hablarme… ¿Por qué?
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El viento mece capítulos ora tristes, ora alegres. Las aguas oscuras del lago danzan al compás de una música lóbrega, distante. Pero, poco a poco, logro escucharla algo más cercana, más certera en sus compases. Las aguas no me reflejan; los grillos no cantan mi nombre, tampoco. Las estrellas penden de un infinito cielo de lona negra, de planetas de piedra y maderas y mármoles. Sí, la luna está allí, observándome: ella me comprende, según creo. La observo fijamente –a la luna, a mi luna- y le dibujo una sonrisa de payaso petrificado, de hombre vacío: intento que su luz me llene y me contenga. Lentamente agacho mi cabeza de marioneta de trapo. Frente a mí, el bosque más alejado, más infinito, dibuja ramas que ondulan ausentes de afecto, penden de gigantes árboles penitentes. Continúo inclinando mis sienes. Observo fijamente el lago oscuro, sus aguas se aquietan repentinamente: como un espejo o como una fotografía de mi alma, se detiene, relincha en sus fauces. Algo inquieta a esas aguas recién quietas. Entonces, bruscamente, el agua sin reflejo cruje, se rompe. Veo unas manos cortar la superficie, veo emerger unos frágiles y extensos brazos, veo surgir tu cabello, tu rostro, y sin embargo, las sombras me ocultan tus rasgos afilados, las sombras me ocultan tus ojos: algo mínimo, se perfila en tus labios. Estás vestida de blanco como una novia eterna, la cola de tu vestido parece eterna y se posa prolijamente sobre toda la superficie del lago. ¿Es que me sonríes acaso? ¿Es que me deseas todavía? No puedo observar ni tu mueca ni tus ojos ¿Estarán alegres o afantasmados? ¿Dónde estará nuestro amor que juramos “eterno”? ¿Estará todavía entre nosotros? ¿Despertaré de este sueño mil veces irresuelto para comprender que ya estoy solo? ¿O me quedaré a vivir en él, a esperar que la luna ilumine una sonrisa y pretenda nuestro abrazo? De mi intuición dependerá que corra a tu encuentro o que me sumerja en las aguas del lago del sueño, rumbo a otros sueños, a otras esperanzas válidas o fútiles de volver a encontrarte. Encontrar nuestro amor en otros sueños o en otras vidas, o en los sueños de otras vidas. Encontrarte, en donde los sueños sean tan reales como las palabras que aquí te escribo, amada mía.


Desde las catacumbas de mi alma, con amor....   Rashek (César A. Pacheco)